Yo llegué a Apple buscando un refugio. Puede parecer extraño utilizar esa palabra para hablar de una compañía de ordenadores, pero entonces la tecnología significaba algo diferente para mí. Buscaba una forma de entender aquellas máquinas que fuera más allá de los circuitos, los chips y las especificaciones que llenaban las revistas. Tenía la intuición de que detrás de todo aquello debía existir algo más. Alguien tenía que haber pensado que un ordenador también podía emocionarnos, hacernos crear, divertirnos o conseguir que nos sintiéramos un poco diferentes. Y entonces encontré a Steve Jobs.
Con él descubrí una Apple que llevaba años intentando explicar precisamente eso. Los ordenadores podían tener personalidad. Podían ser divertidos, imperfectos, provocadores, profundamente humanos. Para construirlos hacía falta gente capaz de entender la tecnología como un territorio creativo, personas dispuestas a obsesionarse con una tipografía, una curva, un sonido o una animación con la misma intensidad con la que otros discutían sobre procesadores. Aquello me fascinó porque convertía la máquina en un punto de partida, la empresa en un catalizador. Lo verdaderamente interesante ocurría después, cuando alguien se sentaba delante de ella y empezaba a imaginar qué podía hacer.
Quizá por eso Apple ha significado tanto para mí durante todos estos años. Nunca he entendido la tecnología únicamente por lo que guarda dentro. Me importa lo que ocurre cuando la encendemos. La canción que terminamos componiendo, el mensaje que conseguimos enviar a alguien que está lejos, las fotografías que recuperamos muchos años después o esa sensación difícil de explicar que aparece al abrir un Mac nuevo e imaginar todo lo que todavía no existe y podríamos crear con él. Esa capacidad para convertir una máquina en una extensión de nosotros mismos siempre me pareció la parte más difícil de copiar de Apple cuando alguien se ha atrevido a hacerlo. Puedes estudiar sus materiales, sus interfaces, incluso algunas de sus decisiones. El alma pertenece a otro lugar.
Las historias que viven dentro
Esta semana he tenido la enorme oportunidad de entrevistar a Graham Yost, creador de Silo. Era una de esas conversaciones que me apetecía especialmente tener, por la serie y por la oportunidad de sentarme delante de alguien capaz de construir un universo tan complejo y hacerlo creíble. Hablamos de Silo, de su nueva temporada y de todo lo que significa levantar una historia así. En algún momento la conversación llegó a la tecnología, a la inteligencia artificial y a la forma en que cada progreso acaba encontrándose con algo profundamente humano. Podemos construir máquinas cada vez más capaces. Al final siempre regresamos a las mismas preguntas: qué haremos con ellas, cómo cambiarán nuestra vida y, sobre todo, qué nos harán sentir.
Apple TV demuestra que la tecnología también puede servir para contar historias capaces de emocionarnos. Su apuesta por producciones cuidadas y con identidad propia convierte cada serie en algo que busca permanecer más allá de la pantalla
Pensé entonces en Apple TV y en el lugar tan extraño y fascinante que ocupa dentro de Apple. Una compañía construida alrededor de ordenadores, teléfonos, chips y sistemas operativos decidió un día que también quería contar historias. Y lo hizo de una manera bastante reconocible: con un catálogo más pequeño que el de otros grandes servicios, pero con una enorme atención puesta en sus producciones originales y en la calidad con la que llegan a la pantalla. Hay algo muy Apple en esa decisión de concentrar los esfuerzos, cuidar la imagen, el sonido y la producción, y tratar de construir una identidad propia incluso en un territorio donde parecía que todo estaba ya inventado.
Y ahí es donde Apple TV adquiere para mí otro significado. Silo, Severance, Slow Horses, Ted Lasso y tantas otras historias pueden gustarnos más o menos, pero todas intentan provocar algo después de los créditos. Una pregunta, una emoción, una conversación, una idea que nos acompaña camino del trabajo al día siguiente. Apple TV es probablemente el producto menos físico de Apple y, curiosamente, uno de los que mejor demuestra que la tecnología puede servir para transmitir aquello que no podemos medir. No hay una tabla de especificaciones para explicar por qué una escena nos emociona. Tampoco existe un benchmark capaz de medir cuánto tiempo permanece una historia dentro de nosotros. Pero lo hace, vaya si lo hace.
Una bicicleta también para el corazón
Steve Jobs hablaba del ordenador como una bicicleta para la mente. Siempre me ha parecido una de las mejores maneras de explicar la tecnología, porque una bicicleta amplifica aquello que ya somos. Nos permite llegar más lejos utilizando nuestra propia fuerza. Después de tantos años rodeado de productos Apple, cada vez tengo más ganas de añadir algo a aquella idea: también necesitamos bicicletas para el corazón. Máquinas que amplifiquen nuestra curiosidad, nuestra creatividad, nuestra memoria y nuestra capacidad para emocionarnos. Un Mac delante de nosotros puede convertirse en un libro todavía por escribir, una película que aún no existe, una canción que nadie ha escuchado o simplemente una ventana hacia alguien que está lejos. La máquina importa. Lo que somos capaces de hacer y sentir con ella importa todavía más.
Apple debe preservar la pasión que hace especial su tecnología. Su futuro depende de quienes la mantienen dentro y la reconocen fuera
Por eso creo que el alma de Apple nunca ha vivido únicamente en sus ingenieros, por extraordinarios que sean. También está en diseñadores, músicos, artistas, escritores, desarrolladores y en toda esa gente que durante décadas ha entendido que trabajar en Apple implicaba mirar la tecnología de una forma particular. Está en quien dedica una tarde a algo que probablemente nadie vaya a ver, en quien defiende una idea porque sabe que puede hacer especial un producto y en quien todavía siente pasión cuando coloca delante de alguien una máquina terminada. Apple necesita cuidar a esas personas en la nueva etapa que tiene por delante. Necesita proteger esa forma de mirar porque ahí reside una parte de lo que durante tantos años ha conseguido que una caja llena de circuitos termine significando mucho más para alguien.
En Applesfera
Sé un loco, John
El alma de Apple también vive al otro lado. Durante años ha avanzado al lado de quienes la han celebrado, cuestionado y sentido como algo más que una marca; personas que todavía se emocionan ante uno de esos destellos que recuerdan por qué llegaron hasta aquí. Apple nunca ha sido una marca para sentir con indiferencia. Su historia también se ha escrito desde esa mirada atenta y exigente, aunque ninguna pasión verdadera debería darse por sentada. La Apple que viene necesitará ambas miradas: la de quienes, desde dentro, todavía creen que una máquina puede tener alma y la de quienes, desde fuera, saben reconocerla cuando aparece. Las especificaciones cambian, los chips envejecen y las máquinas terminan apagándose. Lo importante es conservar aquello que un día hizo que quisiéramos encenderlas y no olvidar a quienes todavía saben dónde mirar.
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La noticia El alma en la máquina fue publicada originalmente en Applesfera por Pedro Aznar .
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