Seguramente habrás notado que el mundo tecnológico no para de correr y que, casi sin darnos cuenta, nuestros móviles han pasado por varias generaciones. Sin embargo, hay un proceso que ocurre en silencio pero que puede dar un susto considerable a quienes gestionan flotas de dispositivos o tienen coches de cierta edad: el desmantelamiento progresivo de las redes 2G y 3G. No se trata de un simple cambio de chip, sino de un apagado total de la infraestructura que sostiene millones de conexiones en todo el planeta.
Para la mayoría de nosotros, que llevamos un smartphone moderno en el bolsillo, esto puede parecer ruido de fondo, pero para el ecosistema del Internet de las Cosas (IoT) es una auténtica carrera contra la carrera. Estamos hablando de que muchos equipos quedarán obsoletos de la noche a la mañana si no se actualizan, creando una situación que algunos expertos ya comparan con un efecto 2000, pero aplicado a la conectividad móvil y la seguridad vial.
¿Por qué se decide cerrar estas redes?
La razón principal es que el espectro radioeléctrico es un recurso limitado y carísimo. Las bandas de frecuencia, como las de 900 MHz o 2.100 MHz, son como carriles en una autopista; si los carriles antiguos están ocupados por tecnologías lentas y poco eficientes, no hay espacio para que el 4G y el 5G desplieguen todo su potencial. Al apagar el 2G y el 3G, los operadores pueden hacer un refarming del espectro para ampliar la cobertura en zonas rurales y ofrecer anchos de banda mucho más jugosos.
Además, mantener vivo un hardware de hace décadas es un dolor de cabeza operativo. Estas redes consumen más energía, son más vulnerables a nivel de seguridad y suponen costes de mantenimiento elevadísimos para las telecos. Por eso, la transición hacia una arquitectura «All IP» (todo basado en protocolos de internet) es el camino lógico hacia la modernización.
El panorama en España y el resto de Europa
En nuestro país, la estrategia es clara: primero se va a decir adiós al 3G y luego intentar mantener el 2G un poco más de tiempo. Según los planes actuales, el apagón total de ambas tecnologías en España podría completarse entre 2026 y 2030. Operadores como Orange ya han empezado a retirar el 3G, mientras que Movistar prevé finalizar el proceso hacia 2027, aunque algunos sectores piden retrasarlo hasta 2030 para evitar caos en servicios críticos.
Si miramos el mapa europeo, cada país va a su ritmo. En Alemania, la red 3G ya es historia, pero el 2G resistirá hasta 2031 para no dejar tirados a los sistemas de emergencia. En Suiza, el proceso ha sido mucho más agresivo y ya han desconectado prácticamente todo el legado 2G/3G, migrando totalmente a 4G y 5G. Otros países como Noruega, Suecia o los Países Bajos también están en fases avanzadas de desmantelamiento, con fechas límite que oscilan entre 2025 y 2027.
El gran problema: el sistema eCall y los vehículos
Aquí es donde la cosa se pone fea. El sistema eCall, esa función obligatoria en los coches nuevos desde 2018 que llama automáticamente al 112 en caso de accidente grave, depende en muchos modelos de las redes 2G y 3G. Se estima que millones de vehículos podrían perder esta capacidad de salvar vidas si la red desaparece y el coche no puede conectar. Es un dilema regulatorio enorme, ya que el coche seguía siendo legal cuando se vendió, pero la red sobre la que funciona deja de existir.
Algunas marcas, como CUPRA o Renault, ya están buscando soluciones. Mientras que los modelos más recientes usan sistemas de eCall privados o redes más modernas, los vehículos fabricados entre 2020 y 2024 podrían necesitar actualizaciones de software inalámbricas (OTA) o, en el peor de los casos, el cambio físico del módulo de comunicaciones. Si el hardware no es compatible con VoLTE (Voz sobre LTE), el coche simplemente se quedará mudo en una emergencia.
Impacto en el IoT y la teleasistencia
No solo son los coches. Hay un universo de dispositivos que funcionan con tarjetas SIM M2M que son «ciegos» a cualquier red superior al 3G. Estamos hablando de alarmas domésticas, sensores de agua y gas, datáfonos antiguos y, lo más preocupante, los sistemas de teleasistencia para personas mayores. Si el dispositivo no soporta 4G o tecnologías de bajo consumo, dejará de transmitir los datos sin previo aviso.
Un error común es pensar que, porque un equipo es «4G», ya está a salvo. Esto es un error común, pero muchos módulos LTE antiguos usan el 4G solo para datos, pero cuando tienen que hacer una llamada de voz o una alerta, hacen un fallback a la red 2G. Si el 2G muere, esa función de voz desaparece, aunque el equipo siga conectado a internet. Por eso es vital comprobar que los dispositivos sean compatibles con VoLTE y no dependan de respaldos obsoletos.
¿Hacia dónde vamos? Las alternativas modernas
Para no quedarse en el limbo digital, la industria está migrando hacia estándares diseñados específicamente para el IoT. El NB-IoT (Narrowband IoT) es la estrella para sensores fijos en sótanos o zonas remotas por su bajísimo consumo y gran penetración. Por otro lado, el LTE-M es ideal para dispositivos móviles, como rastreadores o wearables, ya que soporta movilidad y roaming de forma eficiente.
Y, por supuesto, el 5G llega para resolver las aplicaciones más complejas que requieren tiempo real y latencias mínimas, como la cirugía remota o la gestión de tráfico inteligente. La clave para las empresas ahora es hacer un inventario exhaustivo de su hardware y planificar la migración de módems y firmware antes de que el interruptor se apague definitivamente.
La transición tecnológica es inevitable y necesaria para que internet sea más rápido y eficiente, pero requiere que tanto fabricantes como usuarios se pongan las pilas. La desaparición de las frecuencias antiguas obligará a renovar equipos de telemetría, actualizar la seguridad de los vehículos y adoptar estándares como NB-IoT o LTE-M para asegurar que el flujo de datos no se corte, y así evitar que servicios críticos de seguridad y salud queden totalmente incomunicados.
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