Hay días en los que el mundo parece perfectamente estable. Todo está en su sitio. Las marcas tienen enemigos claros, los logos son casi banderas y uno sabe, con la ingenuidad de quien aún no ha vivido demasiados terremotos, dónde termina cada frontera. Apple era PowerPC. Intel era el otro lado. Y Steve Jobs nos lo había repetido tantas veces que parecía una verdad geográfica, no tecnológica.
Recuerdo 2005 como se recuerdan los años raros: con una mezcla de ilusión y sospecha. Apple venía de resucitar. El iMac había salvado los muebles. El iPod había puesto música en los bolsillos del mundo. Pero todavía había algo frágil en el aire, como si todo aquello pudiera desmoronarse con un mal movimiento. Y entonces empezó el rumor. Intel. Intel dentro de un Mac. Aquello sonaba a traición, a rendición, a final de época.
Durante meses, en foros, en grupos de usuarios, en cafés con maqueros de los de verdad, el runrún era constante. Si Apple se pasa a Intel, se acabó la magia. Se acabó la diferencia. Se acabó el Mac tal y como lo conocemos. Nadie sabía explicarlo del todo, pero todos lo sentíamos igual: aquello olía a fin del mundo.
Cuando el enemigo entró en casa
Steve Jobs llevaba años señalando a Intel como el otro. El enemigo eficiente, industrial, frío. Nosotros éramos otra cosa. Creativos. Diferentes. Potentes. Y lo éramos, además, con razón. El PowerPC ofrecía músculo real. Las campañas lo demostraban. No era propaganda vacía.
Pero el mundo empezaba a moverse hacia la movilidad y la eficiencia. Jobs habló de algo que entonces sonaba técnico, casi árido: potencia por vatio. Cuánta energía necesitas para conseguir determinado rendimiento. Era una conversación que no cabía en una camiseta negra sobre el escenario, pero era la conversación correcta. El PowerPC no estaba pudiendo seguir ese ritmo.
Apple abandonó el PowerPC y anunció el salto a Intel por eficiencia y potencia por vatio, en una decisión que sacudió a los puristas. Jobs remató revelando que el Mac de la demo ya llevaba Intel: el futuro ya estaba allí empezaba a tortas
El día de la Keynote lo recuerdo con una mezcla de incredulidad y fascinación. Jobs puso en pantalla aquel “It’s true” con la E ligeramente caída, como el logo de Intel. Fue una broma elegante. Un guiño. Un reconocimiento. Y al mismo tiempo, una confesión. Apple iba a usar procesadores Intel.
Hubo sonrisas tensas. Hubo silencios incómodos. Hubo puristas que sintieron que les estaban quitando algo íntimo. En el GUM Alicante, el grupo de usuarios Macintosh al que acudía desde Elche, las caras eran largas. No era sólo un cambio técnico. Era como si alguien hubiese tocado el ADN de la compañía y a muchos de nosotros, el ego.
Y entonces ocurrió la jugada maestra. Jobs señaló el Mac con el que había estado haciendo las demos durante toda la presentación. Ese Mac, dijo, ya llevaba un procesador Intel dentro. Habíamos estado mirando al futuro sin darnos cuenta.
El día que el infierno se congeló
Lo verdaderamente perturbador vino después. Windows en un Mac. Instalar el enemigo de forma nativa. Aquello sí que parecía el infierno congelándose. Durante años, Windows había sido la frontera. Lo que no éramos. Lo que no queríamos ser. Y de pronto se convertía en una opción más, oficial, avalada desde el escenario. ¿Pero qué narices estaba diciendo Jobs?...
Recuerdo conversaciones cargadas de dramatismo. “Si puedo instalar Windows en un Mac, ¿qué diferencia queda?”. La pregunta tenía sentido en 2005. Apple aún no era el gigante incontestable que es hoy. Venía de sobrevivir a una década casi terminal. La sensación de fragilidad seguía ahí, latente.
Con el tiempo entendí algo que entonces no supe ver. Permitir Windows no debilitó al Mac. Lo fortaleció. Le quitó el miedo a muchos. Gente que dudaba porque sentía que abandonaba algo conocido encontró una red de seguridad. Si esto no me convence, siempre puedo volver. Y en ese margen de tranquilidad, todos se quedaron, y sé que desde entonces estáis aquí, muchos de vosotros. No por obligación. Por elección.
Permitir Windows en el Mac, lejos de debilitarlo, lo fortaleció y atrajo a nuevos usuarios. Apple demostró que estaba comprometida con una visión, no con una tecnología concreta.
No fue el fin del mundo. Fue el principio de otro. Apple no se diluyó en Intel. Se hizo más fuerte. Vendió más Macs. Atrajo a usuarios que nunca se habrían atrevido a cruzar el puente sin esa promesa implícita de compatibilidad.
Aquel movimiento también dejó una enseñanza más profunda. Apple no estaba casada con una tecnología concreta. Estaba casada con una visión. Si la visión exigía cambiar de socio, se cambiaba. Si el enemigo ofrecía una hoja de ruta más larga, se estrechaba la mano.
Y quizá lo más importante: Apple ya había conocido el abismo. Ya había estado a punto de desaparecer en los noventa. Cuando has mirado al vacío y has vuelto, el miedo se transforma. Desde aquel día pienso firmemente que el fin del mundo para Apple era más difícil de lo que muchos pensaban. Apple había aprendido a mutar.
El fin del mundo que nunca llega
Años después, cuando llegaron los Apple Silicon y la compañía volvió a diseñar sus propios chips, entendí que la semilla estuvo en 2005. En aquella decisión incómoda, en aquella renuncia aparente. Cambiar a Intel no fue una derrota. Fue un aprendizaje estratégico sobre el control, la eficiencia y la importancia de dominar la arquitectura.
Lo que parecía una concesión fue en realidad una toma de impulso. Apple aprendió cómo era depender de una hoja de ruta ajena. Aprendió qué significaba negociar tiempos, consumos, límites. Y años más tarde decidió que no quería volver a estar ahí. Apple Silicon no nació de la nada.
El mundo no se acabó cuando Intel entró en casa. El mundo cambió. Y Apple, una vez más, decidió cambiar con él. A veces creemos que el apocalipsis nos lo disfrazan de catástrofe. Otras veces llega como una diapositiva con una E ligeramente desalineada.
Y entendimos - afortunadamente nunca es demasiado tarde para hacerlo - que algunos finales no traen ceniza: traen semillas.
En Applesfera | Pellizcar una pantalla
-
La noticia El fin del mundo fue publicada originalmente en Applesfera por Pedro Aznar .
Continúar leyendo...