Desde siempre me he considerado un gran fan de todo lo que toca Edmund McMillen. No me ha importado meterme de lleno en sus trabajos que, en algunos casos, se pueden considerar una auténtica ida de olla, pero estoy bien encantado que así sea. Son propuestas con las que antes de ponerme a los mandos tengo claro que me van a atrapar durante una cantidad de horas incalculable, como ya me sucedió sobre todo con The Binding of Isaac: Rebirth y las más de 4.000 horas que le he dedicado.
Aun así, Super Meat Boy o The Legend of Bum-bo también son otros juegazos con los que me he pasado horas y horas delante de la pantalla sin darme cuenta. Por todo ello, desde el primer momento que Mewgenics fue anunciado ya me entró el gusanillo de querer probarlo, pero el problema es que el desarrollo ha debido de ser un auténtico infierno, ya que han transcurrido un total de 14 años desde aquel momento por culpa de retrasos, revisiones y alguna cancelación de por medio. De hecho, estaba convencido de que igual jamás veía la luz.
Y es que la cantidad de baches que se ha encontrado el título por el camino no auguraban un futuro más esperanzador. En cualquier caso, no pudo alegrarme más cuando hace unas semanas me llegó la oportunidad de probar la versión final del juego y saber que por fin, después de más de una década de espera, Mewgenics era una realidad y se anticipaba como mi nuevo pozo de horas del que no querría salir. Y eso que yo soy más de perros que de gatos, no me escondo, pero McMillen ha vuelto a ser capaz de crear algo con lo que hay que quitarse el sombrero.
Un ejército de gatos dispuesto a afrontar las batallas más infernales
De primeras, la jugabilidad he de decir que resulta un tanto confusa y abrumadora por la inmensa carga de información que te va presentando el juego y que debes de tener en cuenta. Lo mejor de todo es que, aunque haya transcurrido un gran puñado de horas, te sigues encontrando sin parar con más sorpresas, novedades y más funciones. A veces da la impresión de que hasta parece infinito, aunque por otro lado eso es justo lo que buscaba para que sea uno de esos juegos que sepa que voy a seguir dándole caña incluso dentro de unos años.
Se podría decir que los jugadores son criadores de gatos, los cuales han sufrido experimentos científicos y alteraciones genéticas, así que no son unos animales normales y corrientes, lo que se nota claramente por esos aspectos tan rematadamente extraños muy del estilo de los juegos de Edmund McMillen. Es más, estos son generados aleatoriamente, tanto sus nombres como diseños, para que sea prácticamente imposible encontrarte con dos iguales, aunque la finalidad de todo esto es salir de aventuras con ellos.
Cada gato dispone de sus propias estadísticas que se ven potenciadas y disminuidas dependiendo de la clase que les sea asignada cuando comience la aventura. De esta manera, puedes elegir si quieres que uno de ellos sea el tanque del grupo, el atacante principal, el que pone las trampas, el mago, el curandero, etc., lo que a su vez les brinda habilidades pasivas y otras activas que consumen puntos de maná. Una serie de detalles tremendamente determinantes que son las que pueden determinar hacia qué lado se inclina la balanza en cada batalla.
Porque sí, resulta que Mewgenics es un juego con muchísima acción de por medio, pero sobre todo con una carga descomunal de estrategia. En cada fase te encuentras en un tablero dividido por casillas por las que te puedes desplazar dependiendo de la cantidad de pasos que puedan dar los gatos cada turno, así que es indispensable pensar bien dónde colocarse y observar con detenimiento todo lo que hay alrededor para que los enemigos no te den una soberana paliza, porque ya os advierto que la inteligencia artificial es despiadada hasta unos niveles que hará que os queráis tirar de los pelos.
Sin dejar de lado la infinidad de elementos escatológicos que tanto le gusta colar a McMillen en sus obras, pero también con ese toque tan simpático que siempre te saca una sonrisa, lo normal es acabar enfrentándote a otros gatos en forma de enemigos, pero también a moscas, pájaros, gallinas y de ahí a otros seres que parece que han sido extraídos de una pesadilla por su aspecto tan rematadamente grotesco. En todo momento se muestra en pantalla por el orden que atacará cada uno, tanto de tus gatos como de los enemigos, para así planificar mejor la batalla.
Aun así, cuando digo que la inteligencia artificial es despiadada, no es ninguna exageración. Todos los enemigos, sin excepción, exprimirán al máximo sus capacidades para hacer picadillo a vuestros "enternecedores" gatos, aunque a base de hacer que suban de nivel se volverá algo más sencillo al aumentar las estadísticas y desbloquear más habilidades, entre las más de 1.000 que existen, para dar rienda suelta a combos loquísimos. Eso no quita que si el juego te quiere matar, lo va a hacer sin ninguna contemplación y, a veces, no podrás evitarlo de ninguna manera, sobre todo al combatir contra los jefes finales.
No obstante, el que un gato pierda toda la vida no significa que sea el fin, pero sí que las vas a pasar canutas, porque desde ese instante recibirán penalizaciones para las futuras batallas al presentar fracturas en el cuello, en las patitas o la pérdida de alguna parte del cuerpo que disminuirá parte de sus estadísticas. Dicho de otra forma, si sois de los que no os gusta ver sufrir a los gatos, lo vais a pasar mal cuando vuestros personajes reciban soberanas palizas y acaben maltrechos con vendajes y escayolas. Al menos, todo está representado con un gran sentido del humor.
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Y es que al final, entre golpes, pinchos, veneno, fuego, piedras, bombas, etc., cada campo de batalla se puede volver fácil en un infierno para vuestros gatetes. Eso sí, cuando le pillas el truco y aprendes a dominar bien las sinergías y a interactuar con el entorno, la satisfacción que te brinda el juego al sentirte todo un dios, es algo irrepetible.
Una aventura tras otra sin parar
Como buen roguelike, Mewgenics está diseñado para que mueras y juegues otra partida que siempre resultará única y diferente a la anterior. Cada día que transcurre, un gato nuevo llegará a tu hogar, con sus propias cualidades, lo que puede provocar que se lleven a matar y eso afecte a sus estadísticas, alterándolas permanentemente, o incluso se gusten y tengan crías, lo que hará que hereden los puntos fuertes de sus padres.
Claro está, para que no te montes un ejército de cientos de gatos, el juego te obliga a no descuidar la comida en ningún momento, porque esta se consume más o menos rápido dependiendo de la cantidad de gatos que tengas danzando por las habitaciones, así que esa es la forma que tiene de invitarte directamente a salir de aventuras. De todos modos, también puedes deshacerte de los gatos y entregárselos a otros tantos humanos en forma de aliados para desbloquear características que a la larga también pueden ser de ayuda para los futuros combates.
Junto a esto, se suma el hecho de poder obtener objetos (hay más de 900) que te puedes equipar y almacenar en el inventario para futuras partidas, a no ser que tus gatos pasen a mejor vida y entonces los perderás para siempre. El riesgo siempre está ahí y esa es la emoción que te hace vivir la aventura para dejarte siempre con ganas de más. Aunque parezca que casi siempre estás contra las cuerdas, las ganas de querer intentarlo una vez más no cesan jamás.
En definitiva, Mewgenics es un juego que, si quieres, te puede durar cientos de horas con una facilidad pasmosa, y aun así es probable que no hayas terminado de ver todas sus cartas. Han sido 14 años de espera que al menos han merecido la pena para que podamos disfrutar de un roguelike estratégico que no va a pasar desapercibido en absoluto. Sin duda, Edmund McMillen lo ha vuelto a hacer al dejarnos con una obra con una dificultad extrema en determinados momentos, pero es de esas que siempre te dejará con ganas de jugar una partida más, y al final eso es lo que más importa al ponerte frente a un videojuego.
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La noticia He jugado decenas de horas a Mewgenics y me esperan miles más por delante con la última ida de olla gatuna del creador de The Binding of Isaac fue publicada originalmente en Vida Extra por Sergio Cejas (Beld) .
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