Actualizar el móvil nada más saltar el aviso es uno de los mejores hábitos que podemos tener, no solo para estrenar funciones nuevas, sino también para tapar agujeros de seguridad con parches y corregir errores. Sin embargo, a muchos usuarios les pasa lo mismo: ven en las noticias que ha salido una versión de Android, o que un amigo con su mismo móvil ya la tiene, y en su teléfono no aparece por ningún lado. Y ahí surge la duda: ¿por qué algunos terminales se actualizan en cuestión de días y otros tardan meses o directamente nunca reciben esa versión?
La respuesta no es tan simple como que el fabricante vaya lento o que al operador “no le dé la gana”. Detrás de cada actualización importante de sistema hay un proceso larguísimo y lleno de pasos, pruebas y revisiones, en el que intervienen Google, los fabricantes de chips, las marcas de móviles, las operadoras y hasta equipos externos de testeo. Además, entran en juego factores como la región en la que vives, si tu móvil es libre u operadora, el procesador que lleve montado o si el modelo sigue teniendo soporte oficial.
Por qué tu móvil tarda tanto en actualizarse aunque la versión ya exista
Lo primero que hay que entender es que “que exista una actualización” no significa que esté lista para todos. Que leas en un blog que Android se ha lanzado en su versión X o que una marca ha anunciado una nueva capa no implica que tu dispositivo concreto, en tu país y con tu operador, pueda instalarla ese mismo día.
En el ecosistema Android, cada actualización atraviesa varias capas: Google, fabricante de procesador, fabricante del móvil y, en muchos casos, la operadora. Los cambios en Android, como los que aceleran las actualizaciones y la instalación de apps, también influyen. En cada una de esas capas se añaden o modifican cosas y, sobre todo, se hacen pruebas para evitar que el teléfono quede inutilizable, se desconecte del WiFi, falle el Bluetooth o la batería se desplome de repente.
Además, no todos los móviles tienen la misma prioridad ni los mismos recursos de desarrollo detrás. Los buques insignia y los modelos más vendidos suelen ir por delante, mientras que gamas de entrada, dispositivos antiguos o móviles muy específicos pueden ir quedando al final de la cola o incluso caerse de la lista de soporte.
Por eso, aunque veas que alguien con “tu mismo móvil” ya se ha actualizado, pueden existir diferencias en la región, la ROM o la operadora que expliquen por qué a ti todavía no te ha saltado el aviso.
Regiones y mercados: la actualización puede no haber llegado a tu país
Muchísimas veces la razón del retraso está en algo tan simple como el país en el que vives. Las marcas no despliegan sus actualizaciones a nivel mundial al mismo tiempo, sino que organizan el lanzamiento por regiones: primero un país, luego otro grupo de países, más tarde otro, y así sucesivamente.
Cuando lees que una nueva versión se está distribuyendo, puede que en realidad se trate de un lanzamiento limitado a un mercado concreto, normalmente uno “piloto” donde la marca controla mejor los posibles problemas. Ese lanzamiento inicial sirve como prueba de fuego: si todo va bien, amplían la distribución; si aparecen errores serios, pueden detener el proceso antes de que llegue a tu región.
En la práctica esto significa que una noticia tipo “X móvil ya se está actualizando” no implica que esté pasando en tu país. Puede ser la variante japonesa, la india, la china o la global, mientras tu variante europea todavía está en cola de aprobación, pruebas o certificación.
Por eso ocurre algo muy frecuente: un mismo modelo, mismo año y misma marca, pero diferente código de firmware según región. Esos firmwares no siempre se actualizan a la vez, lo que genera la sensación de injusticia de que “mi móvil va abandonado” cuando en realidad tu versión está pendiente de su turno.
Actualizaciones por lotes: qué significa y cómo te afecta
Otro concepto clave es que las actualizaciones no suelen llegar a todos los usuarios a la vez, ni siquiera dentro de una misma región. La mayoría de fabricantes lanzan sus nuevas versiones “por lotes” u oleadas escalonadas.
Esto quiere decir que, aunque el firmware esté aprobado para tu zona, se va activando paulatinamente para grupos de usuarios: primero un pequeño porcentaje, luego un poco más, y así hasta cubrir el parque completo de dispositivos compatibles. De esta forma, si la actualización tiene un fallo grave, solo afectará a un número limitado de móviles y se puede detener el despliegue antes de que el daño sea masivo.
Como consecuencia, dos personas con el mismo modelo, comprados en la misma tienda y en la misma ciudad, pueden recibir el aviso en momentos diferentes. Uno puede tener la actualización el primer día y el otro tardar semanas, simplemente porque están en lotes distintos.
Este sistema por lotes no solo se aplica a grandes saltos de versión de Android, también a parches de seguridad mensuales o pequeñas correcciones. Es habitual que alguien entre en los ajustes, pulse en “Buscar actualización” y aún no le aparezca nada, mientras que otro usuario, sin hacer nada especial, ya haya recibido el aviso de forma automática.
El papel de los procesadores: Snapdragon vs MediaTek y compañía
Una parte del retraso tiene mucho que ver con algo a lo que no solemos prestar atención: el procesador del móvil. Aunque el usuario medio mire más la cámara o la memoria, el chip que monta el teléfono influye directamente en lo rápido que podrá recibir nuevas versiones de Android.
Cuando Google prepara una gran actualización de sistema, envía con antelación el código fuente a los fabricantes de procesadores, como Qualcomm (Snapdragon) o MediaTek. La idea es que estos puedan adaptar el nuevo Android a sus plataformas antes del lanzamiento oficial, y así los fabricantes de móviles tengan una base sobre la que trabajar.
A partir de ahí, cada compañía de chips se encarga de adaptar controladores, optimizar el funcionamiento con sus módems, GPU, sensores y demás componentes, y de entregar esos paquetes de software a las marcas de teléfonos. El tiempo que tarden en completar este trabajo marcará la fecha a partir de la cual los fabricantes podrán empezar a integrar la actualización en sus dispositivos.
Según declaraciones de responsables de Xiaomi, Qualcomm suele ir por delante en este aspecto porque cuenta con equipos de desarrollo más grandes y capaces de entregar todo el soporte para sus procesadores de forma más simultánea. MediaTek, con menos recursos, se ve obligada a trabajar de forma más escalonada.
Ese enfoque hace que, en la práctica, muchos móviles con procesadores MediaTek reciban las actualizaciones más tarde que los que montan Snapdragon. Al ir sacando el soporte por tandas, hay modelos y variantes que se quedan para oleadas posteriores, y eso retrasa toda la cadena.
La parte positiva es que ese despliegue por bloques también permite aislar mejor los problemas: si se detecta un error grave ligado a un determinado chip o combinación de hardware, el impacto se reduce al lote afectado y se puede corregir antes de que llegue al resto de móviles.
Qué hace Google antes de que la actualización llegue a tu móvil
El proceso arranca semanas antes del anuncio oficial de una nueva versión de Android. En esa fase, Google libera lo que se conoce como Platform Development Kit (PDK), un paquete con el código base y la documentación necesaria para que fabricantes de procesadores y móviles se vayan preparando.
Gracias a ese PDK, compañías como Qualcomm, MediaTek o Samsung (en el caso de sus Exynos) pueden ir adaptando su capa de software de bajo nivel a los cambios que introduce la nueva versión: gestión de memoria, seguridad, energía, comunicaciones, etcétera.
Cuando se acerca el lanzamiento oficial, Google libera el código fuente completo de Android a los fabricantes y a la comunidad de desarrolladores. A partir de ese momento, las marcas ya pueden crear los firmwares específicos para cada modelo, integrando sus propias capas de personalización y aplicaciones.
En los móviles de Google (Pixel), el recorrido es más corto, porque no hay una capa pesada de personalización que interponer entre Android “puro” y el usuario. Eso explica en parte por qué estos dispositivos suelen recibir las actualizaciones el mismo día de su anuncio o muy pocos días después.
En el resto de fabricantes, en cambio, la actualización pasa por muchas más manos y capas de software antes de considerarse lista, y es ahí donde se acumula la mayor parte del retraso respecto a los Pixel.
Capas de personalización: el gran cuello de botella
Casi ningún fabricante grande lanza Android tal cual viene de Google. Lo habitual es que añadan su propia capa de personalización (MIUI, One UI, EMUI, etc.), con su diseño, sus apps y sus funciones exclusivas.
Eso obliga a que, cada vez que hay una gran actualización, los ingenieros tengan que “montar” esa capa sobre el nuevo Android, adaptando cada componente: notificaciones, ajusten rápidos, gestor de batería, cámara, galería, app de teléfono, mensajes, salud, asistentes, modos de juego, etc.
Además, hay que revisar y ajustar la HAL (Hardware Abstraction Layer), esa capa intermedia que permite que el mismo sistema funcione en hardware muy diferente. Un fallo en la HAL puede provocar desde problemas de señal hasta que la cámara deje de funcionar o que el lector de huellas falle de forma continua.
Una vez montadas las bases, se actualizan las funciones críticas: llamadas, SMS, datos móviles, WiFi, Bluetooth, GPS, gestión de la SIM y compatibilidad con redes del operador. Cualquier error aquí se traduce en un móvil casi inutilizable, así que la fase de ajuste y comprobación es delicada.
Después llega el turno de los extras de cada marca: pantalla siempre encendida, modos de cámara avanzados, aplicaciones de galería con IA, herramientas de mantenimiento, modos concentración, apps de música, notas, nubes propias, etc. Todo eso también debe funcionar a la perfección con el nuevo sistema.
Este trabajo no es igual para todos los modelos: un gama alta con mucha tirada suele tener más recursos asignados y se mueve más rápido, mientras que un gama baja, o uno que vendió poco, puede ir a rebufo y ver retrasada su adaptación.
Maratón de pruebas: internas, externas y con operadoras
Una vez que el firmware para un modelo concreto parece listo sobre el papel, comienza la parte menos visible pero más larga: las pruebas. No basta con que arranque y no se cuelgue; hay que comprobar que todo lo que se usa a diario responda como debe.
Primero se realizan pruebas internas dentro de la propia marca: equipos de QA y testers usan el móvil como cualquier usuario, intentando reproducir usos reales: llamadas, redes sociales, cámara, juegos, navegación, correo, apps bancarias, pagos móviles, etc. Su misión es detectar fallos, cuelgues, drenajes de batería, sobrecalentamientos o comportamientos raros, incluidas vulnerabilidades de la huella dactilar que afecten la seguridad.
A la vez, muchas compañías subcontratan equipos externos especializados en pruebas de software y hardware. Estos laboratorios realizan test más sistemáticos: ciclos de carga y descarga, estrés de CPU y GPU, simulación de miles de llamadas, conexión y desconexión constante a redes WiFi y Bluetooth, pruebas de cobertura en diferentes bandas, entre otros.
Cuando estos filtros se superan, entran en juego las pruebas específicas de conectividad: WiFi, Bluetooth, NFC, redes móviles, VoLTE, VoWiFi, GPS…. Aquí se verifica que no haya pérdidas de señal, que la calidad de audio en llamadas sea correcta, que la velocidad de datos no caiga por algún conflicto y que los accesorios Bluetooth funcionen tanto como antes o mejor.
En determinados mercados, sobre todo donde los operadores tienen mucha fuerza, las actualizaciones pasan también por la revisión y certificación de las propias operadoras. Se comprueba que el firmware se lleve bien con sus ajustes de red, su voz sobre LTE, su mensajería avanzada, su configuración de APN y demás peculiaridades.
Si el móvil que tienes es de operador, el firmware puede llevar cambios específicos de esa compañía: apps preinstaladas, ajustes de voz y datos, servicios adicionales… Todo eso también debe validarse de nuevo con cada gran actualización.
Las operadoras como causa frecuente de retrasos
Cuando compras un móvil a través de una operadora, lo más habitual es que la ROM no sea exactamente la misma que la de un terminal libre. Aunque por fuera parezca igual, por dentro suele llevar ligeras modificaciones.
Esas diferencias se traducen en firmwares específicos para cada operadora, identificados por códigos concretos. En el caso de Xiaomi, por ejemplo, los dos últimos caracteres del código del firmware indican quién lo distribuye: “XM” para ROM oficial de Xiaomi, “TF” para Telefónica, “VF” para Vodafone, “OR” para Orange, etc.
Si tu teléfono lleva una ROM de operador, no depende solo del calendario de la marca, sino también del de la propia operadora. Aunque Xiaomi, Samsung o quien sea lancen la actualización global, tu variante puede quedarse semanas o meses esperando a que el operador la adapte, la pruebe y la apruebe; casos como los de algunas marcas que siguen ofreciendo parches muestran que la política puede variar.
Esto explica por qué muchos usuarios de móviles comprados a operadoras ven cómo los modelos libres se actualizan antes. La vía de actualización ya no es el servidor del fabricante, sino el canal que controla la compañía telefónica, con sus propios tiempos y prioridades.
En algunos casos extremos, la operadora puede incluso congelar una línea de actualizaciones si considera que no compensa invertir recursos en un modelo concreto, o si surgen problemas que no se terminan de resolver. Desde el punto de vista del usuario, el resultado es que el móvil deja de recibir novedades sin explicación clara.
Hay usuarios avanzados que optan por cambiar la ROM del operador por una versión global oficial del fabricante, para recibir directamente las actualizaciones desde los servidores de la marca. Es una solución potente, pero no exenta de riesgos: hay que saber bien lo que se hace, desbloquear el bootloader en muchos casos, seguir guías al pie de la letra y asumir que el proceso puede fallar y dejar el móvil inutilizable.
Cuando la actualización se detiene o desaparece
No todas las actualizaciones que se inician llegan a completarse para todo el mundo. A veces, tras el lanzamiento de una versión, empiezan a aparecer reportes de fallos graves: móviles que no arrancan, consumo exagerado de batería, cámaras que dejan de funcionar, pérdida de conectividad, reinicios continuos, etc.
En estos casos, la reacción más sensata por parte del fabricante es detener el despliegue de la actualización. Eso significa que quienes ya han actualizado tendrán que esperar a un nuevo parche que corrija el problema, y quienes aún no la habían recibido verán cómo el aviso desaparece o nunca llega a mostrarse.
Esta pausa puede durar desde unos días hasta varias semanas, tiempo durante el cual los ingenieros analizan los informes, localizan el origen del fallo y preparan una versión corregida. En ocasiones, incluso se recurre a desactualizar a algunos usuarios a la versión anterior, aunque es algo menos habitual por lo complejo que resulta.
Si justo estás en el grupo de usuarios “rezagado”, puede que tengas la sensación de que tu móvil va aún más atrasado que el del resto, cuando en realidad el proceso se ha frenado para evitarte un problema mayor.
Este tipo de parones también refuerza la lógica de los lanzamientos por lotes: cuantos menos dispositivos haya actualizados cuando se descubre un fallo crítico, más fácil es corregir el rumbo sin provocar un desastre masivo.
Fin de soporte: cuando tu móvil deja de recibir versiones
Otro motivo obvio por el que puedes dejar de ver actualizaciones es que tu móvil haya llegado a EOL (End Of Life o fin de soporte). Cada fabricante define cuántos años de actualizaciones de sistema y de seguridad ofrece para cada gama.
Durante los primeros años, lo normal es que recibas al menos parches de seguridad mensuales o trimestrales y, en muchos casos, una o dos grandes versiones de Android. Pasado ese tiempo, el modelo sale de la lista oficial de dispositivos que seguirán recibiendo novedades.
Cuando esto ocurre, por mucho que toques el botón de “buscar actualizaciones”, no va a aparecer ninguna oficial. Tu única salida para seguir al día pasará por soluciones no oficiales como ROMs personalizadas, con los riesgos que conllevan y normalmente destinadas a usuarios avanzados.
Es importante comprobar en la web del fabricante o en sus foros si tu modelo sigue dentro del periodo de soporte antes de desesperarte buscando explicaciones. A veces no es que vaya tarde, es que ya no le toca.
En otros casos, lo que se mantiene tras el fin de grandes versiones son actualizaciones menores o parches de seguridad muy puntuales, que aún corrigen vulnerabilidades críticas sin modificar el número de versión principal de Android.
Por qué no puedes instalar “solo la última” y saltarte el resto
Muchos usuarios se preguntan por qué, si hay una versión más reciente del sistema, no pueden simplemente descargarla e instalarla sin pasar por todas las previas. A primera vista parece lógico, pero por debajo el sistema no funciona como una simple “suma” de paquetes independientes.
En la mayoría de móviles, las actualizaciones se distribuyen en forma de parches incrementales que dan por hecho que tu sistema está en una versión concreta. Es decir, el paquete de actualización “sabe” desde qué versión parte y aplica cambios sobre esa base.
Si intentases instalar directamente la última actualización sin tener las intermedias, puede que el instalador no encuentre los archivos en el estado esperado, lo que llevaría a errores de instalación o, peor aún, a dejar el sistema en un punto intermedio roto.
Por eso, cuando actualizas vía OTA (Over The Air) el propio sistema se encarga de ir aplicando los parches que tocan en el orden correcto. Aunque a ti te parezca que solo descargas “la última”, en realidad el proceso interno respeta la secuencia que el fabricante ha diseñado.
En otros sistemas, como algunas distribuciones de escritorio o ciertos ecosistemas más cerrados, la estructura de actualizaciones es diferente y permite paquetes más “globales”. Pero en el mundo Android, con tanta fragmentación de hardware, capas y variantes, las actualizaciones incrementales ajustadas a cada caso son una forma de reducir riesgos.
Algo parecido pasa con las aplicaciones: en tiendas como App Store o Google Play ves una avalancha constante de pequeñas actualizaciones, muchas veces sin cambios aparentes. Detrás suele haber correcciones menores, ajustes de compatibilidad y parches de seguridad que mantienen la app alineada con el sistema y con otros servicios.
Qué puedes hacer como usuario si tu móvil no se actualiza
Si ves que tu teléfono lleva mucho tiempo sin recibir nada, lo primero es asegurarte de que siga dentro del periodo de soporte. Una búsqueda rápida con el modelo y la palabra “soporte” o “actualizaciones” suele llevarte a la tabla oficial del fabricante.
Si todavía debería seguir recibiendo versiones, comprueba qué firmware tienes instalado y si es de operadora o libre. En dispositivos como los Xiaomi, desde Ajustes > Sobre el teléfono puedes ver el código alfanumérico completo de la ROM y, a partir de las dos últimas letras, averiguar si procede de la propia marca o de una operadora concreta.
Si usas una ROM de operador, ya sabes que el ritmo lo marca esa compañía y puede ir por detrás de la ROM global. En estos casos puedes valorar si te compensa esperar, contactar con la operadora para obtener información o, si tienes conocimientos, plantearte cambiar a la ROM global asumiendo riesgos.
Para el resto de casos, lo más sensato suele ser tener algo de paciencia y no obsesionarse con forzar la actualización cada cinco minutos. Al trabajar por lotes, puede que simplemente estés en una oleada posterior y tarde unos días o semanas en aparecerte la notificación.
También viene bien recordar que un lanzamiento rápido no siempre es sinónimo de mejor. Los usuarios que reciben la actualización más tarde a menudo ya disfrutan de una versión con fallos pulidos gracias a las incidencias detectadas en oleadas anteriores.
Detrás de cada actualización que ves o que echas en falta, hay un recorrido largo en el que intervienen Google, fabricantes de chips, marcas de móviles, operadoras y equipos de prueba. Cada eslabón añade complejidad y tiempo, pero también reduce las posibilidades de que una versión defectuosa convierta tu móvil en un ladrillo. Entender todos estos pasos ayuda a ver con otros ojos por qué unos teléfonos se actualizan en cuestión de días y otros tardan meses en recibir exactamente la misma versión.
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