Hace muchos años cuando los circuitos de las consolas se contaban en kilobytes y los videojuegos apenas comenzaban a colonizar los televisores de los hogares ocurrió un encuentro entre dos genios… Con la perspectiva que da el tiempo, es común ver a los líderes históricos de la industria como figuras inseparables, pero la historia real de cómo se cruzaron Shigeru Miyamoto y Satoru Iwata por primera vez nos lleva a un momento muy concreto del año 1983, motivado por un auténtico quebradero de cabeza técnico.
En aquel verano de 1983, Nintendo acababa de lanzar la Famicom (la NES) en Japón y necesitaba nutrir su catálogo con urgencia. Shigeru Miyamoto ya era la estrella interna indiscutible de la compañía tras el éxito de Donkey Kong. Por su parte, Iwata ni siquiera trabajaba en Nintendo; era un joven veinteañero que lideraba la programación en HAL Laboratory, un pequeñísimo estudio externo. La Gran N quería una conversión de la recreativa Joust para su nueva consola de 8 bits y le encargó el proyecto a HAL (Hal Laboratory, inc) . Fue en las oficinas de Kioto, discutiendo sobre la física de ese juego, donde ambos genios se sentaron cara a cara por primera vez.
Miyamoto, conocido por su perfeccionismo obsesivo, dudaba seriamente de que el chip de la Famicom pudiera replicar con exactitud la inercia, los rebotes y el scroll del arcade original. Iwata, lejos de amedrentarse, se llevó el código a casa y, programando en solitario a una velocidad inaudita, clavó la física de los avestruces virtuales de una forma tan limpia que dejó al creador de Mario completamente boquiabierto. De ese primer encuentro nació un respeto mutuo instantáneo: Miyamoto descubrió a un ingeniero capaz de plasmar cualquier genialidad artística en código, e Iwata descubrió a un diseñador que entendía la diversión como nadie.
La complicidad técnica fue a más un año después, en 1984, cuando Iwata ayudó a Miyamoto a optimizar las físicas de vuelo y agua de Balloon Fight, logrando que el scroll fuera el doble de suave de lo que los propios programadores internos de Nintendo habían conseguido. Décadas más tarde, tras la dolorosa pérdida del presidente, el propio Miyamoto habla de las habilidades que admiraba de Satoru Iwata, recordando con nostalgia precisamente aquella mente privilegiada de programador que conoció en su juventud.
Satoru Iwata y Miyamoto
Aquel primer encuentro de 1983 no solo unió a dos empleados; definió la filosofía que salvaría a Nintendo en sus eras más difíciles, como la transición hacia Wii y Nintendo DS. Iwata nunca dejó de pensar como el programador que se sentó con Miyamoto en los 80, manteniendo siempre una política de total apertura hacia las ideas que parecían locuras de diseño.
El creador de la saga Zelda reflexionó en profundidad sobre cómo esa mentalidad abierta y cooperativa se forjó en aquellas reuniones de desarrollo primitivas. Solo hay que ver cómo Shigeru Miyamoto reflexiona sobre el espíritu de todo es válido de Satoru Iwata para comprender que el éxito de la empresa nunca consistió en imitar a los competidores, sino en respetar el instinto creativo y resolver los problemas técnicos con ingenio.
Hoy en día, cuando encendemos nuestras consolas actuales, es fundamental recordar que la magia de Nintendo no nació en fríos despachos ejecutivos, sino en una pequeña sala de Kioto en 1983, donde dos jóvenes apasionados se conocieron intentando que unos píxeles rebotaran correctamente en la pantalla. Una lección de historia del videojuego que, en Nintenderos.com, nos apasiona seguir manteniendo viva.
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En aquel verano de 1983, Nintendo acababa de lanzar la Famicom (la NES) en Japón y necesitaba nutrir su catálogo con urgencia. Shigeru Miyamoto ya era la estrella interna indiscutible de la compañía tras el éxito de Donkey Kong. Por su parte, Iwata ni siquiera trabajaba en Nintendo; era un joven veinteañero que lideraba la programación en HAL Laboratory, un pequeñísimo estudio externo. La Gran N quería una conversión de la recreativa Joust para su nueva consola de 8 bits y le encargó el proyecto a HAL (Hal Laboratory, inc) . Fue en las oficinas de Kioto, discutiendo sobre la física de ese juego, donde ambos genios se sentaron cara a cara por primera vez.
El reto técnico que forjó una alianza eterna
Miyamoto, conocido por su perfeccionismo obsesivo, dudaba seriamente de que el chip de la Famicom pudiera replicar con exactitud la inercia, los rebotes y el scroll del arcade original. Iwata, lejos de amedrentarse, se llevó el código a casa y, programando en solitario a una velocidad inaudita, clavó la física de los avestruces virtuales de una forma tan limpia que dejó al creador de Mario completamente boquiabierto. De ese primer encuentro nació un respeto mutuo instantáneo: Miyamoto descubrió a un ingeniero capaz de plasmar cualquier genialidad artística en código, e Iwata descubrió a un diseñador que entendía la diversión como nadie.
La complicidad técnica fue a más un año después, en 1984, cuando Iwata ayudó a Miyamoto a optimizar las físicas de vuelo y agua de Balloon Fight, logrando que el scroll fuera el doble de suave de lo que los propios programadores internos de Nintendo habían conseguido. Décadas más tarde, tras la dolorosa pérdida del presidente, el propio Miyamoto habla de las habilidades que admiraba de Satoru Iwata, recordando con nostalgia precisamente aquella mente privilegiada de programador que conoció en su juventud.
Satoru Iwata y Miyamoto
El espíritu de que «todo es válido»
Aquel primer encuentro de 1983 no solo unió a dos empleados; definió la filosofía que salvaría a Nintendo en sus eras más difíciles, como la transición hacia Wii y Nintendo DS. Iwata nunca dejó de pensar como el programador que se sentó con Miyamoto en los 80, manteniendo siempre una política de total apertura hacia las ideas que parecían locuras de diseño.
El creador de la saga Zelda reflexionó en profundidad sobre cómo esa mentalidad abierta y cooperativa se forjó en aquellas reuniones de desarrollo primitivas. Solo hay que ver cómo Shigeru Miyamoto reflexiona sobre el espíritu de todo es válido de Satoru Iwata para comprender que el éxito de la empresa nunca consistió en imitar a los competidores, sino en respetar el instinto creativo y resolver los problemas técnicos con ingenio.
Hoy en día, cuando encendemos nuestras consolas actuales, es fundamental recordar que la magia de Nintendo no nació en fríos despachos ejecutivos, sino en una pequeña sala de Kioto en 1983, donde dos jóvenes apasionados se conocieron intentando que unos píxeles rebotaran correctamente en la pantalla. Una lección de historia del videojuego que, en Nintenderos.com, nos apasiona seguir manteniendo viva.
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